Todo lo veo desde donde estoy, no hay nada que se escape a mi visión. Desde los niños saliendo de la escuela, hasta las aves posadas sobre el balcón.
Yo los observo a todos, pero muy pocos me observan a mi. Yo no me escondo sin embargo encuentro a todos los que se esconden de mi. A veces aquí, a veces allá, yo los observo a todos. El perro buscando algunas sobras para comer, las pequeñas ratas que buscan a que vecino incomodar, Algunos autos me entretienen al pasar, y para no aburrirme me pongo a cantar.
En ocaciones algún ser viviente me llega a escuchar pero como siempre inmóvil y escondido estoy nadie sabe de donde viene la canción, algunos se quedan a escuchar, otros se van y los que escuchan nunca entienden de que va la canción. Solo una melodía melancólica que les aprieta el corazón.
Hubo una vez un hombre anciano, cargaba con su vida a la espalda. Se quedo a escuchar mi canción sentado en la banqueta, puso su mochila a un lado mientras yo cantaba. No podía verle la cara pero veía que se mecía de un lado a otro al son de mi melodía. Estuvo un rato; ¿Cuanto tiempo? no se; pero escucho hasta el final de mi canción y cuando ya no hubo melodía, cuando el sol estaba en el ocaso después de todo el silencio que puede brindar una ciudad, el anciano me contó su canción. Y era también una melodía triste, pero también feliz, a ratos era violenta y después amable. Si pongas atención escuchabas una nota en el fondo, cubierta una canción escondida, que si no eres como yo no podrás escuchar.
Así escuche la canción del anciano, su melodía llena de tonos escondidos, de lamentos ahogados, pequeños y grandes arrepentimientos escondidos bajo la nota principal. Una canción despreocupada así como él, al final era una canción hermosa cantada por un hombre que se encontraba al final de sus días.
Ya era entrada la noche cuando el hombre termino de cantar. Dudo que alguien mas a parte de mi lo haya logrado escuchar. Finalmente él tomo sus cosas y se puso a caminar. Jamas volví a encontrar a aquel anciano, su canción quedo inpregnada en mi cabeza y una parte de aquella melodía escondida se unió a la mia.
Ahora cada día frente al ocaso canto mi canción, agregando cada vez un poco más, hasta lograr esa sinfonía que será completada al final de mi vida.
Y hasta que este terminada no habrá testigos más que aquel anciano que apareció ese día, y un gato escondido en un árbol que desde entonces no se va.